Colima no suele figurar en el radar comercial masivo del mezcal como Oaxaca o Guerrero, pero su memoria bajo los volcanes cuenta otra historia. Las investigaciones del INAH y la Universidad de Colima en torno a las vasijas Capacha demostraron que en esta región el aprovechamiento y la probable destilación del agave tienen raíces milenarias, mucho antes de las etiquetas artesanales de moda. En 2015, cuando me tocó desarrollar la identidad para la tercera edición de la Feria del Mezcal de Colima, el reto era evidente: ¿cómo darle rostro contemporáneo a un ritual de tierra y barro sin caer en el cliché folclórico recargado?

El maguey como síntesis y estructura
La tentación fácil en proyectos vinculados a tradiciones populares es recurrir al pastiche: texturas rústicas desgastadas, tipografías barrocas o una acumulación de ornamentos que terminan ensuciando la legibilidad. Preferí abordar el proyecto desde la síntesis gráfica. Si la feria era una iniciativa cultural independiente, apoyada por la comunidad académica y productores locales, la imagen debía sentirse viva, honesta y directa.
El núcleo del sistema fue un emblema central que fusiona la silueta del maguey con trazos geométricos claros. Para la composición general, recurrí a una retícula rigurosa de iconos complementarios dispuestos en patrón: el caballito de vidrio grueso, el cuerno tradicional para servir, la rodaja de limón y el recipiente cerámico. No buscaba decorar, sino construir un vocabulario visual funcional. Como apunta Gui Bonsiepe (1998):
El diseño es la interfaz entre el usuario y el objeto, haciendo accesible la complejidad de la información mediante una configuración material o gráfica que privilegia la claridad comunicativa sobre el ornamento superfluo.
(p. 42)
En este caso, cada glifo actúa como una unidad mínima de narrativa: tierra, herramienta y ritual compartido.


De la pantalla al asfalto: flexibilidad cromática
El diseño de un evento cultural vive en soportes dispersos e impredecibles. Un día está proyectado en una pantalla vertical y al siguiente impreso en serigrafía a dos tintas sobre una playera negra o un cartel pegado bajo el sol costeño.
Para resolver esa fricción de producción, definí una paleta que rompiera con los tonos sepia habituales del rubro:
- Fondo coral y verde menta: Tonos luminosos que evocan frescura vegetal, calor local y vida cotidiana en el occidente mexicano.
- Fondos monocromáticos (negro y crudo): Ideales para aplicaciones utilitarias de bajo costo como bolsas de tela (tote bags), calcomanías y portátiles.
- Línea de trazo unificada: Iconografía con peso visual constante que mantiene nitidez tanto en un favicon de 32 píxeles como en gran formato.





La identidad funcionó porque no intentó fingir antigüedad. El arraigo histórico ya lo aportaban el barro, los hornos de pozo y el trabajo de los maestros mezcaleros de la zona; el diseño simplemente tenía que tender el puente visual para que la fiesta se pudiera leer, vestir y recordar.
El valor del diseño identitario para iniciativas locales radica en su capacidad para otorgar pertenencia sin congelar las tradiciones en vitrinas de museo; el maguey, al igual que los trazos vectoriales bien afinados, sigue resistiendo el paso del tiempo mientras mantenga firme su raíz.
Referencias
- Bonsiepe, G. (1998). Del objeto a la interfase: Mutaciones del diseño. Ediciones Infinito.
- Zizumbo-Villarreal, D., González-Zozaya, F., Olay-Barrientos, A., Almendros-López, L. M., Flores-Pérez, P., & Colunga-GarcíaMarín, P. (2009). Archaeological evidence of the origin of mezcal in the highlands of Colima, Mexico. Journal of Archaeological Science, 36(6), 1166–1175.
Para profundizar en el sustento histórico y la experimentación arqueológica que respaldan el origen de la destilación en la región volcánica de Colima, resulta muy ilustrativo revisar la ponencia Los Mezcales del Occidente de México y la Destilación Prehispánica, donde investigadores del INAH documentan las réplicas de hornos y vasijas Capacha.
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