Documentar mis mapas de viaje me teletransporta a la licenciatura y a la vieja guardia del Couchsurfing. Sin datos móviles en el extranjero, el ritual era tomar pantallazos de rutas y estaciones y verlos offline en el iPod Touch. Hoy esa misma curiosidad se resuelve con vibecoding: una app propia que convierte listas guardadas en una cartografía viva para la familia y quien quiera explorarla.
Del screenshot offline al vibecoding
En esos años no había navegación en tiempo real. Antes de salir te sentabas frente a la computadora, abrías los mapas web que apenas despegaban, capturabas esquinas, rutas y estaciones, y las sincronizabas en el carrete del iPod Touch. Cartografía rústica, manual y llena de fe.
Dos décadas después la curiosidad es la misma; las herramientas no. Con Grokbot, Cursor y Claude armé un registro abierto: una interfaz donde cualquiera puede recorrer mis lugares preferidos —los que he caminado y disfrutado con mi esposa, mis hijas y mi familia—. El experimento empezó en Nueva York y se expandió de forma natural a la Ciudad de México.
El cementerio de pines: cuando el sistema por defecto colapsa
Todo software personal empieza a tropezones. Al inicio intenté disciplinarme con la taxonomía de Google Maps:
- Favoritos (corazón rojo)
- Quiero ir (banderín verde)
- Sitios destacados (estrella amarilla)
- Guardar para más tarde
Funcionaba con tres o cuatro museos. Dejó de funcionar cuando el viaje pasó de la visita rápida al disfrute cotidiano: cafeterías de especialidad, tiendas de tecnología y diseño, lugares para comer sin prisas con las niñas. El mapa se volvió una masa de estrellas amarillas: ilegible.
La salida fue segmentar con nombres claros: NYC-CAFE, NYC-FOOD, NYC-TECH, e incluso NYC-PIZZA o comida mexicana. Kevin Lynch (1960) lo dijo sobre la ciudad legible:
«Una ciudad legible hace que sus distritos, sitios sobresalientes o vías de tránsito sean fácilmente reconocibles y se agrupen con facilidad en una pauta global» (p. 11).
Si el mapa no jerarquiza, no orienta; estorba. La interfaz pide la misma legibilidad que la calle.
De la hoja de cálculo a una interfaz viva
El quiebre llegó al sacar la curaduría del entorno privado. Unos alumnos viajaban a Nueva York y les pasé un Excel con enlaces y notas. Los datos estaban; la experiencia no: nadie quiere explorar Manhattan o Brooklyn con scroll horizontal entre celdas desde el teléfono.
Ahí el vibecoding fue el catalizador. En lugar de atascarme semanas con la arquitectura, usé LLMs para estructurar catálogos, limpiar metadatos y levantar una app web interactiva y responsiva: chakhernandez.art/mapa-de-ciudades/app/.
Grokbot y Cursor ayudaron a armar el catálogo, clasificar spots, limpiar la presentación visual y enlazar cada ficha con coordenadas y listas activas en Google Maps.
Michel de Certeau (2000) advertía la frialdad del mapa totalizador:
«El mapa, totalizador y abstracto, elimina las operaciones que lo hicieron posible; despoja a los lugares de los pasos cotidianos que los construyeron» (p. 133).
Construir la herramienta propia es revertir ese despojo: no solo pines en pantalla, sino memoria —el café bajo la lluvia, la pizzería que le encantó a mis hijas, la tienda de diseño al perdernos una tarde—. El vibecoding no sustituye la experiencia; la abre para que cualquiera tome la narrativa, salga a la calle y haga suya la ciudad.
Referencias
- De Certeau, M. (2000). La invención de lo cotidiano: 1. Artes de hacer. Universidad Iberoamericana.
- Lynch, K. (1960). The Image of the City. MIT Press.
Deja una respuesta