Platos que Cuentan Historias: Arte Artesanal en Komunal Colima


Algunos objetos nacen para durar. Otros, para vivir intensamente y romperse. La serie de platos artesanales oaxaqueños que formó parte del proyecto decorativo del restaurante Komunal, en Colima, pertenece a esa segunda categoría — y eso, lejos de ser una tragedia, es exactamente lo que los hace memorables.

Cuando un plato deja de ser un plato

Todo comenzó con una pregunta sencilla: ¿qué pasa cuando un objeto utilitario se convierte en lienzo? Los platos de esta serie — elaborados principalmente en Oaxaca de forma completamente artesanal — llegaron a Komunal no como vajilla de servicio, sino como piezas únicas que dialogaban con la comida, con el espacio y con quien los miraba.

Cada uno tiene una personalidad imposible de replicar. Hay platos de barro negro vidriado con rostros trazados en línea blanca continua — un ojo grande y expresivo que ocupa el centro, una boca apenas esbozada, una nariz que parece flotar — con esa energía directa que recuerda a Picasso pero huele a mercado de Tlacolula. Otros, en negro profundo, muestran manos que abrazan aves en vuelo, trazadas con esa generosidad gestual que solo da el pincel mojado sobre arcilla cruda. Según García Canclini (1990), las artesanías mexicanas funcionan precisamente en esa tensión entre lo funcional y lo simbólico, entre el objeto de uso y la expresión de una identidad cultural que se resiste a desaparecer.

Los colores también narran. El barro rojo de Oaxaca aparece en una pieza donde líneas blancas irradian desde el centro como una flor silvestre o una explosión detenida en el tiempo. El negro con espirales rosas — ojos que se multiplican, se enroscan, se miran entre sí — tiene una energía casi prehispánica, como si el diseñador hubiera escuchado a los códices antes de pintar.

Plato de barro negro oaxaqueño con rostro abstracto pintado a mano, restaurante Komunal Colima

La fragilidad como parte del proyecto

Varios de estos platos ya no existen. Colgados en las paredes del restaurante, cayeron al piso y se hicieron mil pedazos. Y sin embargo, esa posibilidad de ruptura estaba inscrita en el proyecto desde el principio — porque ninguno fue diseñado para la eternidad, sino para el presente vivo de un restaurante que los necesitaba aquí, ahora, en conversación con los comensales.

Hay algo profundamente honesto en eso. Como señala Turgeon (2003), los objetos cotidianos adquieren su mayor carga significativa precisamente cuando son usados, expuestos al riesgo, integrados en la vida real en lugar de preservados bajo campanas de vidrio. Komunal no los trató como reliquias — los hizo trabajar. Los puso a la altura de los ojos, los cruzó con la luz de la tarde, los dejó convivir con el olor del mole y el ruido de las conversaciones.

Los que sobreviven descansan ahora con esa dignidad tranquila de quien cumplió su misión. Los que se rompieron dejaron algo más difícil de cuantificar: la memoria de haber estado ahí, de haber formado parte de una experiencia gastronómica que entendió que el arte no decora la vida — la es.

La relación entre soporte y dibujo también es clave. El color oscuro de varios platos permite que los trazos claros destaquen con alto contraste. En otros, como el plato rojo, el dibujo se integra más suavemente al fondo, produciendo una lectura más orgánica. El borde del plato y su concavidad influyen en la percepción: el centro actúa como núcleo visual, mientras el perímetro se convierte en espacio narrativo.

Otro elemento importante es la economía formal. Las imágenes se construyen con muy pocos elementos: ojos, bocas, manos, puntos, círculos o líneas radiales. Estos signos básicos activan la lectura simbólica del espectador. Un ojo central, por ejemplo, convierte el plato en una especie de rostro o máscara; múltiples ojos generan una sensación orgánica, casi microscópica; las líneas radiales evocan semillas, flores o explosiones. En todos los casos el plato funciona como marco circular natural, reforzando la composición.

El hecho de que muchos de los platos provengan de producción artesanal oaxaqueña agrega otra capa estética: cada pieza tiene imperfecciones, variaciones de esmalte, grietas o huellas de uso. Estas irregularidades no se ocultan; al contrario, forman parte de la obra. La intervención gráfica se integra a esa historia material del objeto.

Plato de barro negro oaxaqueño con rostro abstracto pintado a mano, restaurante Komunal Colima

Hay además una dimensión interesante en el destino y la fragilidad de las piezas. Algunos platos desaparecieron o se rompieron al caer mientras estaban colgados en el restaurante. Esa condición efímera transforma el proyecto en algo cercano a una instalación viva: piezas que nacen de objetos cotidianos, se exhiben en un espacio de comida y eventualmente regresan a la destrucción o al desgaste. En ese sentido, el proyecto dialoga con la naturaleza temporal de la cocina misma.

Si la próxima vez que visites un restaurante sientes que algo en las paredes te mira de vuelta, quizás sea porque alguien tuvo el buen criterio de colgar un plato oaxaqueño donde debería haber ido un cuadro. Visita Komunal en Colima y descubre cómo se ve cuando la cocina y el arte comparten el mismo espacio.

Referencias

García Canclini, N. (1990). Culturas híbridas: Estrategias para entrar y salir de la modernidad. Grijalbo.

Turgeon, L. (2003). Patrimoines métissés: Contextes coloniaux et postcoloniaux. Éditions de la Maison des sciences de l’homme.


Comentarios

Dejar un comentario