Dicen que la historia no tiene precio… pero el boleto para conocerla sí.
Mientras se habla de “democratizar la cultura”, la realidad apunta a otro rumbo: una elitización silenciosa.
Visitar el Museo de Antropología o recorrer Teotihuacán ya no será una actividad de fin de semana para todos, sino un pequeño lujo cultural.
“La cultura es el mejor capital de un pueblo, pero se empobrece cuando se vuelve inaccesible.”
— Adaptación libre de Octavio Paz.
Este aumento plantea una pregunta urgente:
¿de qué sirve preservar el patrimonio si solo unos cuantos pueden entrar a verlo?
A partir de 2026, visitar los tesoros del pasado mexicano —como el Museo Nacional de Antropología o Teotihuacán— costará más caro.
La Cámara de Diputados aprobó una reforma a la Ley de Derechos que incrementa considerablemente las tarifas de ingreso a los museos y zonas arqueológicas administrados por el INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia).
Y aunque el discurso oficial repite que “los nacionales no serán afectados”, la realidad dice otra cosa: las familias mexicanas también pagarán más por acceder a su propio patrimonio cultural.
El aumento, que ahora espera revisión del Senado, divide los recintos en cuatro categorías:
- Categoría I: (Museo Nacional de Antropología, Castillo de Chapultepec, Templo Mayor, Teotihuacán, Monte Albán, Calakmul, entre otros).
- Subirá de $100 a $209 pesos. Los mexicanos pagarán $104.50 con descuento del 50%. Categoría II: (Tlatelolco, Malinalco, Toniná, Museo del Carmen, entre otros).
- De $80 a $156.75 pesos. Los nacionales pagarán $70.53 con descuento del 45%. Categoría III: (Museo Nacional de las Culturas del Mundo, Ex Convento de Yanhuitlán, El Chanal…).
- De $75 a $143.69 pesos. Costo final para mexicanos: $64.66. Categoría IV: nueva, centrada en las zonas del Tren Maya (Chichén Itzá, Uxmal, Dzibilchaltún).
- Costo fijo: $104.50 para todos, nacionales o extranjeros.
Y si lo tuyo es la experiencia “fuera de horario”, el precio de visita nocturna pasará de $355 a $732 pesos.
Un salto digno de pirámide.
Cultura “dorada”
El gobierno defiende la medida argumentando que los extranjeros pagarán el doble, lo que —en teoría— beneficia a los mexicanos.
Pero más allá de la etiqueta de “descuento”, el incremento es real: nadie sale ileso de esta reforma.
Incluso la propia Secretaría de Cultura había asegurado hace apenas un mes que “no habría cambios para nacionales”. Sin embargo, el nuevo dictamen contradice ese anuncio.
¿Desinformación o reajuste de última hora? Lo cierto es que, con salarios estancados y un costo de vida en aumento, el acceso a la cultura se encarece justo cuando más se necesita.
No es casual que las zonas cercanas al Tren Maya tengan su propia categoría.
El turismo internacional es el motor detrás de este nuevo esquema de tarifas. Chichén Itzá, Uxmal y Dzibilchaltún, joyas del sureste, se integran al corredor económico-cultural más lucrativo del país.
El problema no es atraer visitantes, sino hacerlo a costa de la accesibilidad local.
Porque mientras el visitante extranjero paga gustoso su boleto premium, las comunidades cercanas siguen sin acceso gratuito o tarifas preferentes.
¿Preservar o recaudar?
El INAH justifica la reforma señalando la necesidad de financiar mantenimiento, conservación y digitalización.
Y sí, preservar el patrimonio cuesta.
Pero cuando los aumentos se aplican sin estrategias paralelas de inclusión cultural, el mensaje se distorsiona: la cultura se convierte en un bien de consumo.
Más boletos, menos visitantes. Más ingresos, menos acceso.
La ecuación parece contradictoria, pero en política cultural, muchas veces la recaudación gana sobre la educación.
No se trata de negar el valor del patrimonio ni de rechazar los ajustes económicos.
Se trata de recordar que la cultura no puede ser una mercancía, sino un derecho.
Y ese derecho debería incluir la posibilidad de que cualquier mexicano —sin importar su bolsillo— pueda mirar de frente a su historia sin sentir que le están cobrando la entrada a su propia casa.

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